Carta del jefe indio Noah Sealth (gran sabiduría en 1854)

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Carta del jefe indio Noah Sealth (gran sabiduría en 1854)

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Mensaje por amai » Dom Ene 06, 2013 11:16 pm

CARTA DEL JEFE INDIO NOAH SEALTH

Lago Washington, junio de 1854

El gran jefe blanco de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras. Pero ¿Cómo puede comprarse o venderse el firmamento, ni aun el calor de la tierra?
Dicha idea nos es desconocida.
Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿Cómo podrán ustedes comprarlos?
Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los oscuros bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.
Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas; en cambio nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra, puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; éstos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.


Por todo ello, cuando el gran jefe de Washington nos envía el mensaje de querer comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. También el gran jefe nos dice que nos reservará un lugar en el que podamos vivir confortablemente entre nosotros. Él se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos. Por ello, consideramos su oferta de comprar nuestras tierras.
Ello no es fácil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros.


El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, deben recordar que es sagrada, y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y las memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también lo son suyos y, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y una vez conquistada, sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la tierra de sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos, son olvidados. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, que se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto. No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja. Pero quizá sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada.


No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera o cómo aletean los insectos. Pero quizá también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido sólo aparece insultar nuestros oídos. Y después de todo, ¿Para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras, ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos.


El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento — la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire—. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días, es insensible al hedor. Pero si les vendemos nuestras tierras, deben recordar que el aire nos es inestimable, ya que comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras, deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco puede saborear el viento perfumado por las flores de las praderas. Por ello, consideramos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.


Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo, al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual. Porque lo que sucede a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.
Deben enseñar a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Incúlquenles que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que ocurra a la tierra le ocurriría a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todo va enlazado como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado.
Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre ni tejió la trama de la vida.; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo.
Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizá seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra un día: nuestro dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que Él les pertenece, lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan, peno es así. Él es el dios de los hombres y Su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él, y si se daña, se provocaría la ira del Creador. También los blancos se extinguirían, quizá antes que las demás tribus. Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados e sus propios residuos.


Pero ustedes caminarán hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza de dios que los trajo a esta tierra y que, por algún designio especial, les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes.

¿Dónde está el matorral?
Destruido.
¿Dónde está el águila?
Desapareció.

Termina la vida y empieza la supervivencia





Allí el cielo, que ha secado las lágrimas de compasión de nuestros padres durante siglos y que a nosotros nos parece eterno, puede cambiar. Hoy está claro, mañana puede estar cubierto de nubes.Mis palabras en cambio son como las estrellas que nunca cambian. Lo que a Seattle dice el gran Padre de Washington es tan verdadero y seguro como la sucesión de las estaciones.

El hijo del Gran jefe blanco, dice que su padre envía saludos de amistad y buena voluntad. Esto es gentil de su parte, pues nosotros sabemos que él necesita poco nuestra amistad, ya que su gente es mucha. Son como la hierba que cubre las vasta praderas, mientras que mi gente es poca, parecen los esparcidos árboles barridos por la tormenta.

El Gran - y presumo que también que buen -Jefe blanco, nos manda palabras de que quiere comprar nuestras tierras, y de que está decidido a permitirnos reservar las suficientes para que podamos vivir razonablemente. Esto parece tan generoso, porque el hombre rojo ya no tiene derechos que merezcan respeto, y la oferta puede ser también inteligente, porque ya no necesitamos un gran país para poder vivir
.
Hubo un tiempo que nuestro pueblo cubría toda la tierra, como las olas en un mar turbulento, pero hace mucho que ese tiempo pasó, y con él ha caído también la grandeza de nuestra tribu. No me lamentaré ni lloraré por esta ruina, ni tampoco reprocharé a los rostros pálidos por haberla realizado, porque parte de la culpa la tenemos nosotros.

Cuando nuestros jóvenes se ponen furioso por alguna injusticia, real o imaginaria, y desfiguran sus caras con pinturas negras, son a menudo crueles e implacables, y no conocen límites, y nuestros mayores no pueden detenerlos. Pero esperamos que las hostilidades entre el hombre rojo y su hermano blanco no vuelvan nunca. Tendríamos todas las de perder y pocas de ganar.

Es cierto que se considera positiva la venganza de los jóvenes guerreros, aunque se logre al precio de sus vidas, pero los ancianos que quedan en casa en tiempo de guerra, y las madres que tienen hijos, lo saben mejor.
Nuestro Gran Padre en Washington - porque ahora imagino que es tan padre nuestro como vuestro, desde que el Rey Jorge ha trasladado sus fronteras más al norte - nuestro gran y buen padre, digo, nos manda palabras de que si hacemos lo que él nos dice nos protegerá. Sus poderosos ejércitos serán para nosotros como una muralla de protección, y sus grandes barcos de guerra llenarán nuestras costas, para que nuestros antiguos enemigos del Norte, los Simsiams y los Hydas, no nos asustan más, ni a nosotros ni a nuestras mujeres y ancianos.

¿Pero podrá ser alguna vez? Vuestro Dios ama a vuestro pueblo y odia al mío. Él abraza con afecto al hombre blanco, estrechándolo en sus poderosos brazos y lo dirige como el padre guía a su hijo, pero ha olvidado a sus hombres rojos, si es que han sido realmente sus hijos. Vuestro Dios hace a vuestra gente cada vez más fuerte, como la cera que se endurece, mientras que mi pueblo decrece como la bajamar que nunca subirá.

El Dios del hombre blanco no puede querer a sus hijos rojos, ya que si no los protegería. Parecemos huérfanos que no podemos pedir ayuda a nadie. Entonces, ¿Cómo podéis ser hermanos nuestros? ¿Cómo puede convertirse vuestro padre en nuestro padre para traernos prosperidad y avivar en nosotros sueños de gloria? Vuestro Dios nos parece parcial. Vino al hombre blanco. Nosotros nunca lo vimos, ni tampoco oímos su voz. Dio al hombre blanco leyes, pero no dedicó ni una sola palabra de atención al hombre rojo que también era su hijo, cuyas abundantes poblaciones, por millones, ocuparon un día este continente, como las estrellas llenan el firmamento.

No somos dos razas distintas y debemos permanecer siempre así. Hay poco de común entre nosotros. Las cenizas de nuestros antepasados son sagradas, y el lugar de descanso final, tierra de veneración. En cambio vosotros ignoráis las tumbas de vuestros padres y os alejáis de ellas sin pena.

Vuestra religión fue escrita en palabras de piedra por el dedo incandescente de un Dios airado, amenos que podáis olvidarlo. El hombre rojo nunca podrá recordarlo así ni menos comprenderlo. Nuestra religión es la tradición de nuestros antepasados, los sueños de nuestros mayores, entregados por el Gran Espíritu y revelados por nuestros jefes y escritos así en el corazón de nuestro pueblo.

Vuestros muertos dejan de amaros a vosotros y su lugar natal tan pronto como traspasan los umbrales de la tumba; se van lejos, a las estrellas, pronto son olvidados y nunca retornan. Nuestros muertos nunca olvidan el bello mundo que les dio el ser. Siempre amarán sus serpenteantes ríos, sus grandes montañas, sus recónditos valles y siempre añorarán con la más tierna dulzura, este sentido de la soledad y de la vida; a menudo frecuentarán estos lugares confortándose con ellos. El día y la noche no pueden convivir. El hombre rojo siempre ha huido de la aproximación del hombre blanco, como la cambiante niebla en la montaña huye del poderoso sol. Sin embargo, vuestra oposición me parece justa y pienso que ni gente la aceptará y se retirará a la reserva que ofrecéis. Entonces ellos vivirán aparte y en paz, porque las palabras del Gran Jefe Blanco parecen la voz de la Naturaleza, hablando a mi pueblo desde la oscuridad que se agolpa en torno a él como la espesa niebla invade la tierra hacia adentro desde el mar, a medianoche.

Importa poco dónde pasemos el resto de nuestros días. No son mucho. La noche del indio promete ser oscura. Ni una brillante estrella aparece en su horizonte. Vientos de voz triste gimen en la distancia. Alguna cruel fatalidad de nuestra raza sigue la huella del hombre rojo, y adonde quiera que vaya, siempre oirá las pisadas apremiantes de su cruel verdugo, y esperará resignado el encuentro con su destino, como lo hace la corza herida cuando escucha las pisadas próximas del cazador.

Unas pocas lunas más, unos pocos inviernos más, y ni un solo de los sesenta poderosos espíritus, que un día llenaron esta vasta tierra y que ahora vagabundean en banda fragmentadas por amplias soledades, que antes vieron hogares felices protegidos por el Gran Espíritu, permanecerán para llorar sobre las tumbas de las gentes tan poderosas y animadas como las nuestras. ¿Pero de qué debo quejarme? ¿Por qué debo afligirme por el destino de mi pueblo? Las tribus están formadas por individuos y no son mejores que ellos. Loa hombres va y vienen como las olas del mar. Una lágrima, un lamento, un canto fúnebre y se han ideo de nuestros anhelantes ojos para siempre. Incluso el hombre blanco, cuyo dios anduvo con él y la habló como de amigo a amigo, no está exento de este destino común.

Puede que seamos hermanos, después de todo. Veremos.


Ponderaremos vuestra propuesta y cuando hayamos decidido os lo comunicaremos, pero en el caso de aceptarla, aquí y ahora, impongo la primera condición: que nunca se nos niegue el privilegio de visitar, cuando queramos, las tumbas de nuestros antepasados y amigos. Hasta la más mínima parte de este país es sagrada para mi gente. Cada colina, cada valle, cada llano y alameda, están marcados por algún recuerdo, triste o alegre, de la vida de mi tribu.


Incluso las rocas que parecen descansar mudas mientras las baña el sol a lo largo de la silenciosa costa, en su solemne majestuosidad, se alegran con la memoria de los pasados sucesos, relacionados con la vida de mi gente; hasta el polvo, que pisamos con nuestros pies, contesta amorosamente a nuestras pisadas, más que a las vuestras, porque son las cenizas de nuestros antepasados, y nuestros desnudos pies están conscientes de esta agradable comunicación, porque el suelo está enriquecido con la historia de nuestros muertos.

Los bravos guerreros, las orgullosas madres, las doncellas contentas y felices en el corazón e incluso los niños pequeños, que vivieron y alegraron estos lugares a pesar de su breve estación, y cuyos nombres desconocidos están ya olvidados, todavía aman estas sombrías soledades y esta profunda realidad que a la caída de la tarde se hace todavía más sombría con la presencia de los espíritus del atardecer.

Pero cuando el último hombre rojo haya desaparecido de la tierra y su memoria entre los hombres blancos se haya convertido en un mito, entonces estas cosas se llenarán con la invisible presencia de mi tribu muerta; y cuando vuestros niños piensen que están solos en los campos, en el almacén o en las tiendas, en el camino o en el silencio de los bosques, no estarán solos. En toda la tierra no habrá ya un lugar dedicado a la soledad. Por la noche, cuando las calles de vuestras ciudades estén silenciosas y creáis que están desiertas, se llenarán con los espíritus viajeros que un día poblaron y todavía aman esta hermosa tierra. El hombre blanco nunca estará solo. Dejadle ser justo y convivirá pacíficamente con mi gente, porque los muertos no están faltos de poder.

¿Muertos, digo? No hay muerte. Sólo un cambio de mundos.

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Fuente: http://txirpial.blogspot.com.es/2008/03 ... ealth.html

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